Por Montserrat Álvarez

Un escritor –y buen lector de Verástegui– paraguayo, amigo mío, me dio la noticia de su súbita muerte, noticia de inmediato reiterada por las alertas de la prensa internacional en estos días (1). Decidimos recordarlo en estas páginas hoy, y para ello van de mi parte, a continuación, tres poemas suyos.

Uno

Cuando se publicó en 1971, En los extramuros del mundo fue reivindicado como un libro representativo del doble movimiento, de rechazo de la tradición literaria y de rescate de los principios ideológicos de las vanguardias históricas –acción política, transformación de la realidad, diálogo arte-vida–, de Hora Zero, grupo aparecido en 1970 –año de publicación del manifiesto «Palabras Urgentes», de Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel– en Lima para tomar el lenguaje de la calle y con él insuflar en la poesía un aliento revolucionario, en una suerte de radicalización de la poética coloquial que habían comenzado a desarrollar –por citar los tres nombres, a mi juicio, más importantes– Luis Hernández, Rodolfo Hinostroza y Antonio Cisneros en la década de los sesenta. De aquel primer libro publicado por Enrique Verástegui a los veinte años es el siguiente poema:

Si te quedas en mi país 

En mi país la poesía ladra

suda orina tiene sucias las axilas.

La poesía frecuenta los burdeles

escribe cantos silba danza mientras se mira

ociosamente en la toilette

y ha conocido el sabor dulzón del amor

en los parquecitos de crepé

bajo la luna

de los mostradores.

Pero en mi país hay quienes hablan con

su botella de vino

sobre la pared azulada.

Y la poesía rueda contigo de la mano

por estos mismos lugares que no son

los lugares

para filmar una canción destrozada.

Y por la poesía en mi país

si no hablaste como esto

te obligan a salir

en mi país

no hay donde ir

pero tienes que ir saliendo

como el acné en el cascarón rosado.

Y esto te urge más que una palabra perfecta.

En mi país la poesía te habla

como un labio inquietante al oído

te aleja de tu cuna culeca

filma tu paisaje de Herodes

y la brisa remece tus sueños

–la brisa helada de un ventilador.

Porque una lengua hablará por tu lengua.

Y otra mano guiará a tu mano

si te quedas en mi país.

Dos 

Entiendo que la producción y la vida de Verástegui siguieron su propio curso singular, la búsqueda solitaria de una imaginada síntesis de matemáticas, epistemología, lógica, poesía y política, estructura secreta del conjunto de las palabras y las cosas, cifra y clave soñada de la ecuación del cosmos, proyecto de un definitivo número capital –más que 1 y menos que 0–, horizonte que nunca perdió de vista, por más que a los otros pueda sernos oscuro –no así sus versos–. De esa «nostalgia que es una sed por algo», como ha escrito, hablando de Verástegui, Raúl Zurita (2), «por un orden, por una armonía general de las cosas y de las palabras, que si está en alguna parte, como toda nostalgia no puede sino estar en el futuro», da cuenta el siguiente poema, de Teoría de los cambios (2009).

Poesía para señoritas 

A Vanessa, mi hija científica

Cuando leas poesía

aprende a distinguir lo Verdadero de lo Falso.

No todo lo que está bien escrito es Verdadero

y todo lo mal escrito es necesariamente

Falso.

El Criterio de Verdad es lógica impecable.

Falsedad es absurdo más allá de

cualquier palabra.

Así, si distingues Verdad de Falsedad

serás una Princesa consorte, comerás

uvas frescas

y acertarás cuando leas poesía.

Tres 

Aunque teníamos muchos amigos en común y uno de ellos era mi padre –cuyos ejemplares de En los extramuros del mundo, Ángelus Novus y otros libros (dedicados con afecto y tinta de bolígrafo a su «pata» Félix Azofra por Verástegui, «el Zambo Enrique», como escuché que lo llamaban en la casa de mi infancia), hojeé de niña con asombro que no olvido–, nunca lo conocí en persona. Solo en letras, y en imágenes. En sus primeras imágenes públicas, que lo fijan ya en el mítico panteón de los héroes del desencanto, conforme a la iconografía contracultural de aquellas décadas, con vaqueros, african look y campera de guerrillero, como cuando sacudió a los críticos en 1971 con espesa voz violenta de enemigo y enamorado de la vida monstruosa en ese airado y callejero primer poemario: tenía veintiún años y ya era ineludible. Y en sus últimas imágenes públicas, que, no trabajadas aún por el tiempo, son más difíciles de clasificar, de hace solo unos días, de la víspera de su muerte, del lanzamiento de una nueva antología –que, enigmática sonrisa del Padre Azar, por cierto, también me incluye–, la mirada obsesiva tras los anteojos torcidos, fija en algo que, como todo misterio, queda fuera del cuadro, imágenes embrujadas. Me resulta curioso reparar –Paraguay es un país cuyos círculos literarios no frecuento y en el cual las invitaciones se suelen extraviar por el camino– en que por poco no estuve en esa velada, la del último poema que leyó en público, este:

Maitreya 

Me he sentado a esperar la vejez.

No pienso ni hago nada hasta que

llegue otra

generación

a desempolvar el brío, los libros

dorados, las

matemáticas,

el cuerpo, el alma, el universo,

todo ese conocimiento sepultado por

el rencor,

la gnosis que demuestra que lo infinito

está en lo finito

donde está, realmente, el universo.

Florecí más que nadie

pero perfidia cayó sobre mí,

doblándome como una flor,

herrumbrándome, y fui silenciado.

Maitreya pasó desapercibido como una

sombra por la

vida,

¿no dan ganas de llorar?

Notas 

(1) «Peruvian Rebel Poet Enrique Verastegui Dies Aged 68», TeleSUR News, 28/08/2018.

(2) Raúl Zurita: «Dos prólogos, dos tradiciones poéticas», en: Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, año XXXI, núm. 61, Hanover, 1er. semestre del 2005, pp. 181-200.

*La antología en cuyo lanzamiento leyó Enrique Verástegui su último poema en público la víspera de su muerte es Perú. Los poemas del hambre, dossier, a cargo del escritor Paolo de Lima, de la revista de pensamiento y cultura Unidiversidad, publicada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México.