A un siglo de la aparición de su primer poemario y ocho décadas de su muerte, declaramos desde hoy oficialmente este 2018 el Año de Vallejo.gaston-garreaud-vallejo-al-cafe-lima-1991-_446_573_1612202.jpg

«De las plantas me gusta la raíz, y no la flor»

César Vallejo.

«…y volvió a escribir con el dedo en el aire:

“¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”.

Su cadáver estaba lleno de mundo»

César Vallejo: «Pedro Rojas», de España, aparta de mí este cáliz)

Poco después de que el último hijo de Francisco de Paula Vallejo y María de los Santos Mendoza, nacido en un pueblo de las alturas de los Andes, llegara a Lima –«muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo», como lo recordaría César González Ruano en el Heraldo de Madrid, en 1931–, en un viaje a su natal Santiago de Chuco, se involucró en una manifestación política que terminó con un edificio incendiado y dos policías muertos y, tras ocultarse un tiempo, fue arrestado y pasó cuatro meses en prisión.

Así, en esos meses, fuera y lejos de su celda quedaron las altas tierras que recordaría siempre que lo asfixiara Bizancio:

«Qué estará haciendo esta hora

mi andina y dulce Rita de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac,

dentro de mí».

Y lejos también esa Lima a la que había ido a seguir en la universidad más antigua de este continente –la de San Marcos, obviamente, la única de las pocas fundadas en América en el siglo XVI que ha seguido viva y coleando sin interrupción desde entonces– la carrera nunca terminada, esa Lima que otrora se llamó «la Dorada» y de la cual su amigo Valdelomar se declaró señor un día con la irrefutable fuerza del silogismo («El Perú es Lima; Lima es el Jirón de la Unión; el Jirón de la Unión es el Palais Concert, y el Palais Concert soy yo. Yo soy el Perú»).

Menciono aquella distancia pasajera, desde su celda, del mundo original de sus primeros versos a modo de presagio o antesala de otra, definitiva. Porque cuando algo después de su experiencia carcelaria, en 1923, fue reabierto el caso que lo había llevado a prisión, ante las posibles consecuencias, César Vallejo se marchó a París.

Empezó desde entonces otra vida, cabe decir, inesperada pero irreversible, deambulando como corresponsal en el extranjero de algunos diarios peruanos –El Norte, de Trujillo, fue uno de los primeros, y después el más antiguo e importante de su país, el conservador (si bien Vallejo no lo era) diario El Comercio, de Lima– al tiempo que, en estos casos más por voluntad y gusto que por necesidad, colaboraba con varias revistas –la parisina L’Amérique Latine, la limeña Amauta, dirigida por su amigo José Carlos Mariátegui, la coruñesa Alfar, etcétera–.

En ese inesperado giro que definió tan súbita y tempranamente el que fue ya su destino hasta el fin de sus días, mientras producía artículos para sobrevivir, César Vallejo escribía (pero no publicaba) muchos de sus poemas más importantes, que fueron recogidos tras su muerte. Ese silencio poético se suele interpretar como el de un hombre ocupado en ganarse el pan con el oficio periodístico y por ende ajeno al bullicio de los lanzamientos, recitales y demás exhibiciones literarias, si bien esta no es sino, al cabo, una especulación sobre un misterio.

Eso sí, apenas unos meses antes de partir a Europa, publicó un libro, Trilce, que bastó para marcar a fuego toda la historia de la literatura de su país, la de la literatura del siglo XX en general y posiblemente la de todos los tiempos y países, y aun idiomas, como en estos años va resultando cada vez más evidente para cada vez más historiadores y críticos y, sobre todo, más escritores, no solo hispanohablantes. Fue como un regalo de despedida: Vallejo dejó la bomba de tiempo en su tierra, y se marchó.

Con los años, con la observación, con la sensibilidad innata erosionada y aguzada por la vida, Vallejo se fue volviendo un pensador radical, proceso que, desde luego, implicó a su poesía –en la surgida de la Guerra Civil, España, aparta de mí este cáliz (poemario también publicado póstumamente, a fines de 1938, por los soldados del Ejército Republicano) hay una voluntad de discurso público de otra índole, un tono de arenga y de combate–, asimiló con rigor los conceptos del marxismo y su obra más conocida, curiosamente, durante mucho tiempo fueron sus crónicas de viaje publicadas en Madrid –aunque la segunda parte no se pudo imprimir entonces por la censura– Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin. Lo que no es de extrañar dado que, como estamos viendo, luego de sus primeros poemarios, Los Heraldos Negros, de 1918, y Trilce, de 1922, mantuvo inédita su poesía durante todo el resto de su vida.

El título del libro que recopila póstumamente su obra poética inédita, Poemas humanos, no lo previó Vallejo sino que lo puso o impuso su viuda no beoda, de negro pero no negra sino francesa, Georgette Philippart. Título que tiende a reforzar la imagen del Vallejo humano en tanto doliente, imagen real sin duda, tan real como la del mordaz, sagaz, audaz bromista y experimentador y deconstructor avant la lettre de tantas páginas, tan real como la del loco y alucinado perturbador del sexo y del obscuro objeto del deseo en los versos perversos, tan real como la del por –afortunado, al cabo– azar devenido periodista que marcó el oficio con hitos de lucidez y valor, tan real incluso como la del visceral parricida de ciertas poéticas prosas, tan real como la del voraz vividor de la bebida y bebedor de la vida que en la noche del Café du Dôme su amigo Percy Gibson evoca pidiendo demi-blondes con acento andino y risa «volteriana», aquel que con afecto apodaban «El Cholo». Todo eso y más es real, qué duda cabe, y todo lo real cabe en Vallejo. Su cadáver está lleno de mundo.